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AYO
21.01.09 21.00h / PALAU DE LA MÚSICA

Web oficial: www.ayomusic.com
myspace: www.myspace.com/ayo

Puede que el entorno familiar no lo sea todo en el mundo de la música, pero sin duda el de Ayo es, como mínimo, bastante original. Juzguen ustedes mismos: nació cerca de Colonia el 14 de septiembre de 1980, fruto de la unión de un padre nigeriano que se fue a estudiar a Alemania en los años setenta y una madre rumana que se crió en una comunidad gitana. Su rica herencia cultural ha marcado su debilidad por la diversidad y su desconfianza hacia los puristas y las camarillas. “Soy algo bohemia por naturaleza, prefiero un estilo de vida nómada. ¿No tener casa? Eso es libertad” bromea Ayo. Su peculiar nombre puede traducirse como “alegría” en Yoruba. Y es que esta atractiva cantante mulata de delicadas facciones y cuerpo esbelto, está radiante de alegría e invita a los amantes de la música a escuchar al mundo de la música más que la música del mundo. “Crecí influída musicalmente por mi padre, que solía trabajar de DJ. Tenía una gran colección de vinilos.

De pequeña, Ayo se crió escuchando a Pink Floyd y Fela Kuti, the Soul Children y Bob Marley, y también a Bunny Wailer, “un potente flashback a mis inicios” y Prince Sunny Adé, “el héroe de la música Juju”. Ayo se niega a escoger un estilo favorito entre los distintos que marcaron su infancia.

Para entender completamente su música, debemos retroceder en el tiempo y echar un vistazo a su vida en cierto modo tumultuosa, que estuvo marcada por varios momentos de buena y mala suerte. Todavía era una niña cuando se fue a Nigeria, un país cuya esencia aún pervive en su espíritu, y que jamás olvidará. “Mi abuela quería que me quedara con ella, pero mi padre se negó a seguir la tradición. Por eso no he vuelto desde entonces – mi padre tenía miedo a perderme”. Ese fue el primer gran golpe que le dio la vida. “Pero sé que algún día volveré. ¡Lo llevo en la sangre! Por cierto, mi segundo nombre, Olasunmibo, en Yoruba significa: aquella que ha nacido en otra parte, pero que regresará llena de prosperidad.”

Unos años más tarde, su madre se enganchó a las drogas, lo cual supuso para ella otro tremendo golpe. Apenas tenía 6 años y su padre tuvo que hacerse cargo de ella, su hermana y sus dos hermanos. Pero nunca perdió el contacto con su madre, a quien describe como “una mujer fuerte, a pesar de sus defectos.” Fue durante ese período, a mediados de los ochenta, cuando empezó a tocar el violín, y luego el piano, desde los 10 a los 14 años. Poco después aprendió a tocar la guitarra. “Necesitaba un instrumento con el que pudiera conectar… La guitarra es más directa, más agresiva, en el buen sentido de la palabra. Pero hace poco he empezado a componer otra vez con el piano. Compuse “Neva Been”, que aparece en el álbum”.

Quería seguir su instinto… y acabó en Londres, donde vivía parte de su familia nigeriana. Por aquel entonces tenía 21 años. “Fue una época importante de mi vida, la primera vez que me expresé tal y como soy. Necesitaba dejar Alemania para encontrarme a mi misma.” Puede que eso fuera verdad, pero tan pronto como llegó, Ayo partía de nuevo. “El hecho de viajar por todo el mundo me ha permitido convertirme en quien soy. Nunca sería feliz con una vida sedentaria. Soy demasiado espontánea y me importan muy poco las cosas materiales a la hora de planear el futuro. Pero sé que puedo empezar de nuevo allí donde voy.

Así fue como Ayo, oficialmente ciudadana alemana, pasó a vivir a caballo entre París y Nueva York, dos capitales que resumen perfectamente su identidad musical. “Nueva York es una auténtico crisol de culturas… Allí fue donde conocí al productor que estaba buscando, alguien capaz de sacar lo mejor de mí.

En Estados Unidos hizo varias actuaciones durante algunos meses y produjo su primer álbum. Y en París, donde periódicamente se establecía cerca de Les Halles, se sintió “como en casa.” Fue allí donde, en menos de dos años, su talento empezó a hacerse popular entre los músicos amateurs más experimentados. Las noticias volaron, y pronto dio sus primeros conciertos como solista con su guitarra, teloneó a Omar, el “hermano del soul” británico e improvisó junto a Cody Chesnutt, con quien participó en varias jam sessions en el escenario del Elysée-Montmartre. Y soñaba con hacer lo mismo con Stevie Wonder.

Mientras tanto, todo el mundo hablaba de ella, y muchos estaban seguros de ya había grabado algún disco. Entonces solamente había producido unas cuantas maquetas, con 5 canciones que circulaban entre el público más entusiasta y bien informado.
Se tomó un descanso y tuvo un hijo precioso. “Ser madre me ha abierto muchas posibilidades. Durante mucho tiempo, vi la música como una especie de terapia.

Era mi forma de hablarles a los demás sobre mí misma. Ahora tengo a mi hijo y puedo confiar en él.” Nile nació a finales de 2005. El Nilo, un río histórico, es muy simbólico para esta joven madre procedente de varias culturas distintas e inspirada por influencias tan dispares. Nile la ayudó a crecer.

A principios de 2006, las cosas empezaron a acelerarse. Sabía que necesitaba lanzarse. “Hablamos mucho tiempo sobre este disco y al final lo grabamos realmente deprisa. Estando embarazada aprendí a tener paciencia. Ahora sé que estoy preparada.”

En tan sólo cinco días estuvo listo. El álbum entero se grabó en condiciones de directo. “Necesito sentir a los músicos para poder crecerme… Me siento en plena forma cuando actúo en directo. Ya sea en solitario o acompañada por una banda, en el escenario no puedes engañar a nadie.

El resultado es una colección de canciones agridulces, con doce cortes que hablan de sus experiencias más variadas y de la gente con quien se ha ido encontrando a lo largo del camino.

Llora, ríe y nos conmueve con su sencillez. Para acompañarla, el productor Jay Newland reunió a una banda de músicos que conectaran con ella. Son gente abierta que, con una nota en el órgano B3, un soplo de armónica, un punteado de guitarra slide o un ritmo de percusión, se van introduciendo melódicamente en este mundo poco corriente del que manan unas cuantas palabras en Pidgin, el argot de las calles de Lagos, y donde se descubren algunas reminiscencias de la vida gitana. Es su manera de rendir tributo a su padre, su “referencia”, y a su madre, su “musa”. Hay además, otras dos influencias que marcan el tono de este álbum, que podría haber sido grabado perfectamente 35 años atrás. En primer lugar está el mentor Donny Hathaway, “un cantante que va más allá de las palabras para hacerte comprender realmente lo que está cantando. ¡Tenía un poder emocional tremendo! Un alma tan profunda que todavía hoy me hace llorar… Sus canciones fueron escritas hace unos treinta años, pero todavía suenan auténticas.

Seguramente por eso no quiere ni oír hablar del nuevo soul: “no significa nada… Y de todos modos, prefiero la música de los sesenta y los setenta.” Su otra referencia es Jimmy Cliff. “Tiene que ver con los vinilos de mi padre. Siempre que escucho “The harder they come” pienso en él y en su vida.”

La música jamaicana le enseñó el arte del cuentacuentos, el deseo de compartir historias y relatos sin comprometer sus necesidades estéticas… Porque más que ninguna otra cosa, eso es de de lo que Ayo habla en sus canciones. Procura compartir sus historias de manera natural y sincera, transmitiendo algo a los demás a partir de su experiencia vital y sus sueños.

Incluso cuando pasas por tu peor momento, es importante recordar cómo disfrutar de la vida, no perder la pista de aquello que te motiva y te hace seguir adelante. Es posible sobrevivir fuera y llorar por dentro.

 

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